Vichayito: quince veces el mismo paraíso

Ahí estábamos otra vez. Algo mágico tienen los aeropuertos que te inundan de la sensación de estar a punto de iniciar una aventura, que todo es posible al cruzar la puerta de embarque. Como siempre, distraídos en nuestro mundo, tuvieron que llamarnos por nuestros nombres para embarcar el avión. Ya embarcados, OT me contaba una de sus inagotables historias, no importa lo que OT me cuente, yo amo escucharlo y sumergirme en sus narraciones, saber un poquito más de su corazón.

Al llegar, cogimos un auto que nos llevaría hasta Vichayito. Ahora que miro hacia atrás creo que nos estafaron, 200 soles de Talara a Vichayito es un asalto a mano armada, pero las ansias por llegar nos hicieron aceptar cualquier cosa. En el trayecto, de dos horas aproximadamente, íbamos conversando de mil cosas, nos detuvimos en una tienda por provisiones y continuamos el viaje. Yo estaba un poco cansada así que me recosté sobre sus hombros, él me abrazaba mientras veíamos pasar los inmensos e interminables maizales por la ventana. El color del atardecer nos envolvía con su calor y ese amor silencioso. No hacía falta decir nada, porque nada nos hacía falta. “Esto es” -me decía-, “Esto es la felicidad, este instante”

Al llegar al Hotel, un poco cansados, nos recibió un joven con cara de pocos amigos, nos mostró la habitación un poco descuidada y nos dijo que podíamos pedir otra pero teníamos que abonar una cantidad adicional. No nos quedó otra, eso nos pasa por comprar ofertas por internet. Pronto olvidamos que no estábamos en una suit de lujo, porque como siempre, basta que OT y yo estemos juntos para crear nuestro propio paraíso. Y así fue: tres veces el mismo paraíso.

Afuera el mar azul nos esperaba. Luego de nadar un poco (bueno OT nadaba, yo jugaba en la orilla porque no se nadar), nos recostamos en las poltronas para dejar caer la tarde. Por la noche quisimos ir a bailar al pueblo, pero resultó que estábamos muy lejos y ya nadie nos podía llevar hasta allá. Nos quedamos en el bar del hotel, pedimos unos chilcanos y nos tumbamos a ver las estrellas. El cielo estaba increíble, brillaba con tal fuerza que parecía que todo el universo se había reunido allí sólo para nosotros. Hablamos del pasado, del futuro, pero nada resultaba tan emocionante como el presente. OT me decía que cuando estaba conmigo era como si se apartara del mundo, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde detenerse a sentir. Yo le decía que a mí me pasaba lo mismo, que me había enamorado antes, pero nunca había sentido nada igual.

Nos dio hambre, así que fuimos a buscar comida, caminamos de la mano bajo las estrellas, sin saber a dónde estábamos yendo o lo que íbamos a encontrar. De pronto una luz, una puerta abierta, un pequeño restaurante muy sencillo, pero muy hermoso. Nos atendieron como reyes, nos sirvieron una comida exquisita y prometimos volver al siguiente día.

Volvimos a nuestro hotel hablando sobre lo afortunados que éramos de estar en ese lugar sin necesitar casi nada, sólo estar juntos. Nos acurrucamos para descansar: tres veces el mismo paraíso.

A la mañana siguiente, volvimos a aquel restaurante y luego nos recostamos frente al mar para ver jugar a la olas. OT me contaba historias sobre sus anteriores novias, le pregunté ¿cuándo se enamoró por primera vez? y me dijo nunca antes se había enamorado, que esta era la primera vez,  que no sabía que el amor podría encender tanto el fuego que todos llevamos dentro, que amar es como recargarse de esa energía vital que te impulsa a hacer locuras y a la vez te trae tanta calma.

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Luego de almorzar como los dioses, volvimos al hotel caminando por la playa. En nuestro camino encontramos muchas pelícanos muertos, OT me contaba que eso había salido en las noticias y era todo un misterio, que aún no habían descubierto el origen de tantas muertes. También había cangrejos que corrían raudos a sus nidos, yo saltaba porque me daban miedo, OT se reía de mí y luego me llenaba de besos. Caminamos y caminamos con dirección al sol, a veces yo me cansaba, pero OT me cogía fuerte de la mano, su fortaleza me hacía sentirme fuerte a mi también. Al llegar nos sentamos a ver el sereno. Mientras el sol se ocultaba, OT me contaba todo lo que había vivido cuando era niño, me habló de su familia, de su hermana, de todo lo que tuvo que hacer su madre y de cuando su padre se fue. Ese momento fue muy importante para ambos porque me confesó muchas cosas que jamás le había contado a nadie por temor a ser juzgado. Yo no supe hacer otra cosa que abrazarlo.

Antes de dormir vimos una película, nunca antes había visto llorar a OT. Pero, ahí estaba llorando porque -según decía-la película le recordaba lo mal padre que había sido y todo lo mal padre que sería si continuáramos juntos. Trate de escucharlo y calmarlo, pero todo se puso feo, discutimos y peleamos. Nos quedamos dormidos así molestos, pero en la madrugada su abrazo me despertó, me pidió perdón y me dijo que me amaba: dos veces el mismo paraíso.

A la mañana siguiente, estábamos tan relajados que no nos queríamos levantar, el sol entraba por la mampara y nos sacaba a empujones de la cama, pero como fuertes guerreros nos resistíamos con firmeza, jugamos un poco: cuatro veces el mismo paraíso. Y al terminar “Buenos días muñeca” -me dijo-

Por la tarde, luego de descansar compramos helados. Que buena que es la vida pensábamos, estos días sólo para nosotros sin tener que hacer nada, sólo disfrutar del mar, hacer el amor y comer helados: tres veces el mismo paraíso (con helado y todo). Yo ya me sentía un poco mareada, veía doble, quería buscar agua pero OT no me dejaba salir de la cama: dos veces el mismo paraíso.

Teníamos que alistar las maletas para ir al pueblo a buscar un bus que nos llevara al aeropuerto. Al llegar nos dijeron que ya habíamos perdido el bus de la mañana y no había otra forma de ir hasta Talara. A OT casi le da un infarto. Fuimos a preguntar a una pequeña agencia de autos que quedaba por ahí cerca. El dueño nos dijo que no habían más autos, pero que haría un par de llamadas para conseguirnos uno. Fueron unos quince minutos de angustia, OT me miraba preocupado y  me decía “como te gusta la aventura no?”. Yo estaba feliz “Que es lo peor que puede pasar” -le decía- “Si perdemos el avión nos quedamos a vivir acá y listo”.

Pero llegó un auto y nos subimos en él, un poco apretujados, pero tranquilos al fin. En el camino recordábamos todo lo que habíamos pasado en este viaje, lo hermoso que había sido y todo lo que había significado para los dos. Como eran dos horas de camino nos pusimos a sacar las cuentas de la felicidad, que al final es lo único que importa: quince veces el mismo paraíso.

 

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Acerca de annyluna

Sedienta viajera del presente. Adoro mi malecón y mi bicicleta, me encanta la música y el flan. Me gusta andar sin zapatos, la fotografía, las trufas, el cine y los instrumentos de percusión. Sueño con una casa de madera y ventanas inmensas cerca de algún río, viajar a mil lugares en todo el mundo y reencarnarme en algún ser que tenga alas.

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Anny Luna

Amo a mi Joaquinito. Adoro mi malecón y mi bicicleta, me encanta la música y el flan. Me gusta andar sin zapatos, la fotografía, las trufas, el cine y los instrumentos de percusión. Sueño con seguir recorriendo mil lugares en todo el mundo y reencarnarme en algún ser que tenga alas.

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