Tipishca. Paraíso escondido

OT y yo emprendimos un viaje a una playa en las afueras de la ciudad de Iquitos llamada Tipischca. Nunca pensamos que este corto viaje se convertiría en una aventura increíble que recordaríamos por el resto de nuestras vidas.

En la puerta del hotel cogimos un auto que nos llevó hasta el cruce de dos grandes carreteras. Allí cogimos un mototaxi que nos llevó hasta el puerto donde estaban las embarcaciones. Esperamos nuestro turno y subimos a un peque-peque. Mientras viajábamos en él, íbamos sintiendo la brisa, mezclando nuestras manos con las tibias aguas del río para intentar refrescarnos.

Cuando llegamos a la playa OT se dio cuenta que había mucha gente en ella y entonces le pidió al conductor que nos llevara un poco más allá, pero que antes lo esperara porque bajaría a buscar algo de comer. El conductor y yo esperamos ansiosos y de pronto vimos a lo lejos que OT volvía con dos juanes y una botella de refresco. Fue muy tierno ver corriendo a OT, como un niño que se escapaba de su casa emocionado para hacer una travesura. Seguimos avanzando y llegamos hasta una playa desierta, donde no había nadie, solo plantas y arena blanca, un paraíso.

Bajamos inmediatamente. No queríamos perder ni un segundo para disfrutar de ese maravilloso regalo que nos había dado el universo. Nos moríamos de hambre así que OT sacó los juanes y los devoramos como si fueran los platos más exquisitos del mejor restaurant turístico. Mientras comíamos en la playa bajo ese cielo inmenso pensábamos: qué poco cuesta ser tan felices, qué poco cuesta el paraíso cuando estamos juntos.

Más tarde entramos al río y jugamos y nadamos y nos quitamos la ropa y fuimos felices otra vez. Mientras OT me abrazaba, le confesaba que estaba viviendo una de mis más grandes fantasías. El me miró y me dijo que no podía creer que todo eso fuera sólo para nosotros y que también era muy dichoso en ese momento. Entonces me dejé llevar, elevé la vista hacia el cielo y de pronto estaba en él. Mil sensaciones, sonidos y colores me abrumaron el cuerpo y el alma en ese instante. Lo confieso, fue mejor que tomar Ayahuasca.

Luego seguimos jugando, corrimos desnudos por la orilla, bueno yo corrí. A él le daban miedo los nativos que pasaban en bote. Y me decía “yo te voy a cuidar, pero si sigues corriendo desnuda no podré hacer mucho”.

Nos tumbamos en la arena a descansar. Mientras yo intentaba hacer fotografías, OT cerraba los ojos como invocando al sol para que lo cubriera con su energía.

Entonces empezó a llover. Primero intentamos refugiarnos entre las plantas, pero no funcionó, la lluvia se hacia más intensa. OT me decía “vamos al río” y yo le decía “nos vamos a congelar!”. Pero OT tenía razón, él siempre tiene razón. Entramos al río y el agua estaba calentita. Allí nos quedamos abrazados tratando de darnos calor. De pronto la lluvia se hizo torrencial, se hacía de noche y alrededor ya no se veía nada. Me empecé a asustar, pensaba que la lluvia nunca iba a parar y si no nos moríamos de frío, algún animal salvaje nos iba a comer al tratar de cruzar el río. De lo único que tenía certeza era de que estábamos juntos y de que pasara lo que pasara no nos íbamos a separar. OT me abrazaba fuerte y me decía “no tengas miedo, yo siempre te voy a cuidar”. Cerré los ojos mientras lo abrazaba y me dije a mí misma “tienes que confiar” y confié.

Paraiso Escondido

Pasó el tiempo y el cielo se fue despejando, el sol se abrió paso en medio de la lluvia y volvió para cobijarnos. De pronto vimos a lo lejos el el peque peque del señor que nos había traído hasta esa playa. Fuimos corriendo hacia él desesperados, como dos náufragos pidiendo auxilio. Llegamos, subimos al bote y nos abrazamos otra vez.

Nunca planeamos este viaje, pero el sol, la playa, la lluvia, todo confluyó para que ese día nuestras almas se acercaran mucho más. Para comprender que no importa el lugar, la comida, el paisaje, no importa nada: mientras estemos juntos siempre encontraremos una y otra vez, un nuevo paraíso.

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Acerca de annyluna

Sedienta viajera del presente. Adoro mi malecón y mi bicicleta, me encanta la música y el flan. Me gusta andar sin zapatos, la fotografía, las trufas, el cine y los instrumentos de percusión. Sueño con una casa de madera y ventanas inmensas cerca de algún río, viajar a mil lugares en todo el mundo y reencarnarme en algún ser que tenga alas.

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Anny Luna

Amo a mi Joaquinito. Adoro mi malecón y mi bicicleta, me encanta la música y el flan. Me gusta andar sin zapatos, la fotografía, las trufas, el cine y los instrumentos de percusión. Sueño con seguir recorriendo mil lugares en todo el mundo y reencarnarme en algún ser que tenga alas.

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