Los misterios del café Zeta

El otro día, después de muchas lunas, aterricé nuevamente en el Zeta, como tantas otras veces, tantas otras en las que he compartido momentos memorables con varios de mis mejores amigos, de esos que luego se recuerdan con placentera nostalgia. Hubo un tiempo en el que iba todo los días a encontrarme con alguien, el Zeta siempre ha sido un buen lugar para encontrarse, con los otros y con uno mismo… para leer, para estudiar y hacer resúmenes, para reencontrarme con amigos que no veía hace cuchumil años, para tener una reunión de trabajo, para pasar el rato con los amigos que veía a diario, para celebrar algún cumpleaños con su torta moka de tres lucrecias, para soñar planificando algún proyecto, para saborear un tecito de la India mientras algún afán se ocupaba de florearme, para mortificar al camarero con el Keke y la Chatina (dios! ese tendría que ser un post a parte), para tomarme un juguito de melón y gorrear el periódico después de haber paseado en bici un domingo por la mañana, para abrigarme con su café y su música suavecita del frio de agosto en los huesos, sobre todo en los días de lluvia; para fumarme un cigarrito de menta mientras leía Rayuela.  Sea por la razón que fuere, siempre sobran los motivos para caer en el Zeta. Esta vez llegué ahí con una de mis mejores amigas, mi Fiduccia, para conversar sobre como hemos estado estas últimas semanas, ella con sus historias de novios inestables y abstinencias sexuales por prescripción médica, yo con mis historias de mantas, chupones, pañales y agotadoras trasnochadas cuidando a mi Joaqui. Y en medio de todo el olorcito a café recién tostado de siempre, las altas y pintorescas sillas y mesas de fierro de siempre, el chocolate caliente y las tostadas de siempre, el murmullo de la gente y la buena música de fondo de siempre… entonces empecé a oir unas risas, risas de amigos cercanos, el Keke renegando, la Chatina cantando… dile, dile, dile. Me vi unas mesas más allá con la Clarita, con Papapollo, con Cri-Cri, con Nino cara de Chechi, sacando cuentas, armando organigramas, soñando con nuestro bar, soñando que un día ibamos a vivir todos juntos. Escuché a Pochi cantando y a Toñito Cisneros ebrio hasta sus manos gritando “Foooochi, hip! tócame el saxo”. Me vi llegando resaqueda y pidiendo un expreso, después de una noche de… ya sabeis, copas risas, excesos en casa del gran Arturex. Me oí con Magalita y Brendiux riéndonos a carcajadas, pensando “y ahora donde estará la chichoncia carmelitosa, por las puuuuras nos dice que va venir”, atracandonos con unos chicharroncitos bien servidos que nos había recomendado el buen y coquetón mozalbete (como ellas suelen decirle). Me vi por la ventana llegando apuradísima en un taxi para encontrarme con Coralí y Miguel por que hace tiempo que no nos veíamos. Me sentí muy cerca de ahí sentada con Jael, después de haberme hecho mi primera ecografía, pensando en como será todo de aquí en adelante, y si en mi panza estará creciendo mi Luna o mi Joaquín. Sentí las manos de Pepecito en mi rostro, mientras las mías se abrigaban cogiendo mi taza calentita de café. Me vi unas cuadras más allá, corriendo con la chatina hacia el malecón, después de haberle dejado una carta al mesero, en la que le confesaba que me gustaba y que me gastaba todo mi paupérrimo sueldo en café solo por venir a verlo (oh dios que Verguenza!). Me vi con la Yovis tomando un vino y deborando champiñones, haciéndole ojitos al camarero para que nos pusiera una de Sabina. Me vi comiendo helados con Morel mientras disfrutábamos del paisaje, léase: ver pasar cueros. Escuche a Jose tararear “Ahora… que tengo un alma que no tenía” mientras a mi se me caía la baba. Sentí el humo del cigarro de la Pao, mientras hablábamos, entre otras cosas, del “plan pelao”, de nuestros viajes, de la vida y nos preguntábamos por qué algunos hombres serán tan cojudones. Me vi de tantas formas, en tantos momentos, riéndo, escribiendo, leyendo, bebiendo, compartiendo, coqueteando, recordando, escuchando, soñando… siempre cerca de las personas que más quiero. Y entonces caí en la cuenta de que a pesar del tiempo y la constancia hay algunos misterios que hasta ahora no he podido resolver: ¿Por qué michi siempre hay meseros distintos en el Zeta? ¿Los cambian de mes a mes? ¿Los hacen trabajar gratis por unos días y luego los despiden? ¿Por qué Jose es el único mesero que siempre permanece? ¿Por qué ponen en la pizarra que hay pie de manzana si cada vez que lo pides te dicen que no hay? ¿Algún día Jose me hará caso? (jaja, no mentira!)… En fin, hay lugares que se quedan en la nostalgia para siempre y sé que el Zeta será uno de ellos, sé que por el resto de mis días me seguirá abrigando las noches de lluvia y me seguirá reservando el mejor lugar para estar, para disfrutar, para vivir y para ver la vida pasar.

 

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Acerca de annyluna

Sedienta viajera del presente. Adoro mi malecón y mi bicicleta, me encanta la música y el flan. Me gusta andar sin zapatos, la fotografía, las trufas, el cine y los instrumentos de percusión. Sueño con una casa de madera y ventanas inmensas cerca de algún río, viajar a mil lugares en todo el mundo y reencarnarme en algún ser que tenga alas.

5 Respuestas a “Los misterios del café Zeta

  1. solo una vez fui a Cafe Zeta y nmo me gusto nadita…quien sabe alguna otrz ve lo vuela a intentar

    Saludos!

  2. pedirte un café moka y unas tostadas zeta ayudará bastante… y si caes por ahí un domingo por la tarde-noche para escuchar a Pochi Marambio, ayudará mucho más

    besos!

    luna

  3. martin

    me gusto mucho tu forma d conta las cosas casi me veia hi en una mesa e al lado viendo suceder todas esas cosas jajjaj
    de veras deberia escribir mas y escuchar las sugerencis si alguien te dice que escribas masaparte de eso ya no voy al z, no servia el router hace com 3 meses y me duele el culo despus de un rato en cualquier silla
    saludos estare esperando que escriba mas…

  4. bah! es cierto que en el zeta no funciona ni el router, ni el reloj, ni la máquina para pasar tarjetas… y las sillas te marcan la rascuacha!! jaja pero es el mejor lugar para calentarse en esta lima neblina de cielo hipotecado

    tu has descubierto el misterio de por que siempre hay meseros diferentes??? si lo sabes cuéntame papá

    besos

    luna

  5. martin

    jajaaja
    muy observadora, el reloj ahora no funciona y cuando lo hacia daba vuletas taaaan rápido que igual no servia de nada, en cuantoa los meseros…..no me animo a soltarte una teoria

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Anny Luna

Amo a mi Joaquinito. Adoro mi malecón y mi bicicleta, me encanta la música y el flan. Me gusta andar sin zapatos, la fotografía, las trufas, el cine y los instrumentos de percusión. Sueño con seguir recorriendo mil lugares en todo el mundo y reencarnarme en algún ser que tenga alas.

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