Crónica de una madrugada alcoholizada, un pacto de sangre y gotas de amor en forma de vino…
Por fin la wawa se ha quedado dormida. Jael y yo nos enrrumbamos a Barranco en un taxi, en el camino él me va narrando todas las historias que ha vivido en su último viaje a mi Cusco querido…. que le ha dado soroche, que se lo ha pasado genial, que se ha queado tumbado en el piso del cansancio, que ha habido una lluvia riquísima, que conoció a alguien especial en el bus, que se encontró con una amiga en común en pleno Machu Pichu, que todo está caro allá y que le han sacado un ojo de la cara en los paseos por la ciudad…
Al llegar nos dirigimos a la Posada y Jael no para de jactarse de que ahí lo conocen muy bien y lo engríen mucho, al entrar nos recibe Clodomiro el “ñajo” y nos aocmoda en una mesa un poco apretada al lado de la barra. Nos mira y nos dice que no nos preocupemos, que en cuanto se desocupe el salón nos acomodará en una mejor mesa. Así empezamos a charlar de tantas cosas mientras nuestras miradas se distraen con el disjockey de la barra que está más bueno que el pan. Minutos después vuelve Clodomiro con sonrisa inmesna y calva brillante, y nos dice que ya nos consiguió mesa. Pedimos vino, un canapé y seguimos charlando a gusto, de cuando en cuando la música se cuela en nuestra conversación y nos obliga a salir de ella… “Un día junto al mar…” Jael me habla de su nuevo romance, está feliz, como un niño, como siempre mi Jael querido tan noble y entregado a la vida. De pronto…













